<p>En septiembre de 1953, diez años de relación y dos hijos después, <strong>Françoise Gilot</strong> dejó a <strong>Pablo Picasso</strong>. Fue la única que lo plantó. <strong>»Ninguna mujer abandona a un hombre como yo»</strong>, le había dicho él poco antes. Cuando Françoise se subió a un taxi con los niños y las maletas, Picasso quedó tan atónito y enojado que ni siquiera dijo adiós. Solo gritó: <i><strong>Merde!</strong></i></p>
Hoy todo requiere una sobreexplicación. Como si tratásemos con niños. El mea culpa de la cantante tras celebrar a Picasso es un síntoma más
En septiembre de 1953, diez años de relación y dos hijos después, Françoise Gilot dejó a Pablo Picasso. Fue la única que lo plantó. «Ninguna mujer abandona a un hombre como yo», le había dicho él poco antes. Cuando Françoise se subió a un taxi con los niños y las maletas, Picasso quedó tan atónito y enojado que ni siquiera dijo adiós. Solo gritó: Merde!
La anécdota la contó la propia Françoise en Vida con Picasso (1964). Aunque hace décadas que sabemos de las mezquindades del pintor, es hoy cuando se han convertido en un problema para admirarle. Pensaba en ello mientras veía el mea culpa de Rosalía, explicándose tras decir en un pódcast que le gustaba Picasso, que no le importaba diferenciar al artista de la obra. La disculpa de la cantante no solo es un error: también es síntoma de lo que falla en nuestra sociedad.
Estamos en un mundo tan infantilizado, tan moralizante, que no se nos permite abrazar a un personaje con su oscuridad. O todo o nada. Como si no fuésemos capaces de distinguir lo que está mal, lo que no debemos venerar. Todo requiere una sobreexplicación. Como si tratásemos con niños.
Desde hace años, devoro libros sobre el pintor. Escritos por mecenas, parejas, biógrafos, amigos… Siento curiosidad por el hombre que sacudió la historia del arte. Que lo cambió todo para siempre.
Picasso era egoísta, brillante, cruel. Pesetero, divertido, manipulador.
Cuando eran pareja, Dora Maar -la mujer a la que peor trató- nunca iba al taller de Picasso. Si Pablo quería verla, era él quien la llamaba, quien acudía a su piso. Y si Dora no estaba, se ponía furioso. «Todo el mundo esperaba que me suicidara cuando me dejó, hasta Picasso», diría ella tiempo después.
Soy consciente de que fue un compañero terrible y un amigo difícil. Pero no por eso dejará de interesarme. Cómo no querer conocer su vida si «cuando cambiaba de mujer, Picasso cambiaba también todo lo demás»: de estilo, de casa, de tertulia (la ley Dora, lo llamó su biógrafo John Richardson).
Recordemos la obviedad: uno puede sentir admiración por un artista y a la vez ser consciente de sus fallas. De lo reprobable, de lo inadmisible. Me ha sucedido con otros genios a los que admiro. Seguiré adorando Al final de la escapada aunque Jean-Luc Godard fuese mala gente (lean Un año ajetreado, vean Visages, Villages). Seguiré escuchando en bucle La Javanaise aunque Serge Gainsbourg resultase insoportable (lo sentirán en los Munkey diaries de Jane Birkin).
Puedes ser un hijo de puta y ser un gran artista. No me voy a disculpar por conmoverme con sus obras. No me voy a disculpar por querer saberlo todo. Y Rosalía tampoco debería haberlo hecho.
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