El Dolby Theatre de Los Ángeles acogió anoche la 98ª edición de los Premios Oscar, una ceremonia que volvió a reunir a buena parte de la industria cinematográfica mundial, aunque lo hizo con un ritmo más bien irregular y con escasos momentos verdaderamente memorables.
Hubo algunas bromas que no terminaron de funcionar, homenajes largos y una sucesión de discursos que, salvo contadas excepciones, no lograron levantar demasiado el ánimo del público. Sin embargo, entre esa atmósfera algo plana también aparecieron instantes que recordaron que los Oscar siguen siendo una tribuna desde la que se pueden lanzar mensajes políticos o marcar hitos dentro de la industria. El más comentado de la noche llegó relativamente pronto y tuvo como protagonista a Javier Bardem.
Hasta ese momento, la ceremonia había transcurrido con una prudencia notable en lo político. Por eso llamó la atención la intervención de Javier Bardem cuando subió al escenario junto a Priyanka Chopra Jonas para presentar el Oscar a la mejor película internacional (categoría en la que estaba nominada Sirat). Antes de anunciar a los nominados, el actor español tomó la palabra y dijo en inglés: «No a la guerra. Palestina libre». Fue la única mención explícita al conflicto durante toda la ceremonia.
Bardem ya había llegado a la alfombra roja con una chapa de ‘No a la guerra‘, el mismo símbolo que popularizó hace más de veinte años durante los premios Goya de 2003, cuando buena parte del cine español protestó contra la invasión de Irak.
En declaraciones previas a la gala, el actor había explicado que no veía incompatibilidad entre participar en un evento tan mediático y expresar opiniones políticas: «Se puede pertenecer a este circo, porque es un circo, y al mismo tiempo se puede decir lo que uno piensa».
El premio que Bardem presentó terminó siendo para la película noruega Valor sentimental. Su director, Joachim Trier, aprovechó también el momento para introducir un mensaje político, citando al escritor James Baldwin: «Todos los adultos son responsables de la vida de los niños. Por eso no votemos a políticos que no se toman en serio esa responsabilidad».
Conan O’Brien, perseguido por el cine
La ceremonia comenzó con un elaborado vídeo que parodiaba varias de las películas nominadas. En él, el presentador Conan O’Brien aparecía caracterizado como la tía Gladys de Weapons, huyendo de los inquietantes niños protagonistas de la película mientras atravesaba distintos universos cinematográficos.
La persecución lo llevaba desde el circuito de F1: La película hasta el escenario de Hamnet, pasando por el universo animado y por una breve aparición junto a Timothée Chalamet en Marty Supreme. Finalmente, el propio presentador irrumpía en el Dolby Theatre, todavía perseguido por los niños del filme. Era una apertura deliberadamente extravagante que anticipaba el tono de un monólogo de casi 20 minutos en el que O’Brien alternó ironía, humor negro y algunas pullas dirigidas a Hollywood y a sus propias contradicciones.
Entre ellas, una referencia velada a la polémica reciente de Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet –«qué curioso que el jazz quedara fuera de esa discusión tuya»– y otra sobre el futuro de la propia ceremonia. «Puede que yo sea el último anfitrión humano», bromeó: «El año que viene probablemente presentará la gala un robot con traje». El monólogo incluyó también una alusión incómoda a los escándalos sexuales vinculados a Jeffrey Epstein, que arrancó risas nerviosas entre el público: «Este año hemos arrasado en pedofilia».
El segmento concluyó con un número musical –poco comprensible– en el que el propio O’Brien se imaginaba ganador de un Oscar ficticio, coronado en una escena medieval que mezclaba fantasía y autoparodia. Tras los aplausos, la ceremonia dio comienzo oficialmente.
Una gala de proyección global
Uno de los mensajes más reiterados durante la noche fue el carácter internacional del cine contemporáneo. O’Brien recordó que en la sala había representantes de 31 países de seis continentes, y que cada una de las películas nominadas era el resultado del trabajo colectivo de miles de profesionales.
Ese espíritu global se reflejaría más adelante en varias de las victorias de la noche, desde el triunfo de la animación surcoreana hasta el premio a la película internacional noruega, Valor sentimental, o los galardones a mejor documental. Pero antes de eso, la ceremonia avanzó con cierta parsimonia. A la hora y media de gala ya se había producido un hecho poco frecuente: un empate en el Oscar al mejor cortometraje de ficción, compartido por The Singers y Two People Exchanging Saliva.
Y uno de los ganadores más esperados ni siquiera estaba presente. Sean Penn obtuvo el premio al mejor actor de reparto por Una batalla tras otra, pero no acudió a recogerlo. En los días previos se había especulado con su posible ausencia como gesto de protesta política, algo que finalmente se confirmó. No era un gesto aislado: en 2022 el actor prestó su estatuilla a Volodímir Zelenski como símbolo de apoyo a Ucrania.
El regreso de Amy Madigan
Uno de los momentos más celebrados llegó con el Oscar a mejor actriz de reparto para Amy Madigan por Weapons. La actriz regresaba a los Oscar 40 años después de su primera nominación, que había recibido en 1985 por Dos veces en la vida. Al recoger la estatuilla, Madigan ironizó sobre el largo intervalo: «Esto es una maravilla. Todo el mundo me lleva diciendo ‘hace 40 años que no venías, ¿cuál es la diferencia?’ La diferencia es que esta vez me llevo este hombrecillo de oro».
Madigan ya había protagonizado un momento memorable en la historia de la ceremonia cuando, junto a su marido Ed Harris, se negó a aplaudir el Oscar honorífico concedido al director Elia Kazan en protesta por su papel durante el macartismo. Cuatro décadas después, Hollywood la recibía de nuevo con una ovación.
Música entre vampiros y K-pop
La Academia decidió este año reducir el número de actuaciones musicales en directo. Solo dos canciones nominadas se interpretaron sobre el escenario. La primera fue I Lied To You, de la banda sonora de Los pecadores, compuesta por Ludwig Göransson y Raphael Saadiq. La actuación transformó el teatro en una escena de la propia película, con músicos caracterizados como sus personajes y una atmósfera que evocaba el blues y la tradición del cine de vampiros. Fue uno de los momentos más vibrantes de la noche.
La segunda actuación llegó con Golden, de Las guerreras K-pop, que convirtió el escenario en una celebración de la música coreana contemporánea. La canción acabaría ganando el Oscar a mejor canción original, convirtiéndose en la primera composición de K-pop en lograrlo. La película también se llevó el premio a mejor largometraje de animación, confirmando la creciente influencia de la cultura coreana en el panorama cultural internacional.
Hollywood mira al futuro
Entre los premios, la ceremonia sirvió también como escaparate para algunos de los grandes proyectos que Hollywood prepara para los próximos años. Anna Wintour y Anne Hathaway presentaron el premio de vestuario en un guiño a la próxima El diablo viste de Prada 2. Más tarde, Robert Downey Jr., Chris Evans y Channing Tatum subieron al escenario como representantes de Vengadores: Doomsday.
El sketch más divertido fue protagonizado por Pedro Pascal y Sigourney Weaver junto a Grogu –el popular Baby Yoda–, que intentaba hacerse amigo de Kate Hudson entre el público mientras Weaver citaba una de sus frases más célebres de Aliens: «Aléjate de él, zorra». «¿Por qué no puede aplaudir?», le gritaba Conan O’Brien al muñeco.
Un homenaje largo a los ausentes
Uno de los instantes más extensos de la noche llegó con el tradicional segmento In Memoriam, que este año se prolongó durante cerca de 15 minutos y se convirtió en uno de los homenajes más largos que se recuerdan en la historia de los Oscar. El actor Billy Crystal abrió el tributo recordando su amistad con el director Rob Reiner, figura clave del cine estadounidense y responsable de títulos como This Is Spinal Tap, La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally o Stand by Me.
A Crystal se le fueron sumando sobre el escenario numerosos intérpretes vinculados a las películas de Reiner –entre ellos Michael McKean, Christopher Guest, Jerry O’Connell, Wil Wheaton, Fred Savage, Cary Elwes, Mandy Patinkin, Carol Kane, Meg Ryan, Kiefer Sutherland, Demi Moore, Kevin Pollak, Kathy Bates, Annette Bening o John Cusack– en un homenaje colectivo también dedicado a la esposa del director, Michele. La fotografía de ambos encabezó la sección In Memoriam.
La muerte de Reiner había sacudido Hollywood apenas unos meses antes, cuando él y su esposa fueron hallados sin vida en su domicilio de Los Ángeles tras un violento suceso que sigue bajo investigación. Su hijo, Nick Reiner, se ha declarado inocente de los hechos.
El segmento recordó también a otras figuras destacadas del cine fallecidas recientemente, entre ellas Catherine O’Hara y Diane Keaton. La parte final del homenaje estuvo marcada por la aparición de Barbra Streisand, que subió al escenario para recordar a su antiguo compañero de reparto Robert Redford, protagonista junto a ella de Tal como éramos y fallecido el pasado septiembre. Fue, en total, un largo paréntesis de nostalgia y emoción en una ceremonia que, durante un cuarto de hora, dejó a un lado las bromas y los premios para mirar hacia su propia historia.
Los documentales: el pulso político de la noche
Como suele ocurrir en los Oscar, la categoría documental se convirtió en el espacio donde la realidad irrumpió con más fuerza. El Oscar al mejor cortometraje documental fue para Todas las habitaciones vacías, una película que aborda el impacto humano de los tiroteos en escuelas estadounidenses.
Una madre, cuya hija Jackie murió tras un tiroteo, dijo al subir y recoger el premio que «su habitación se ha quedado congelada en el tiempo»: «Ella es más que un simple titular, es nuestra luz y nuestra vida». «La violencia armada es ahora la principal causa de muerte entre niños y adolescentes. Si la gente pudiera ver sus habitaciones vacías, seríamos un Estados Unidos diferente».
El premio fue entregado por el antiguo presentador de los Óscar, Jimmy Kimmel, quien elogió a los realizadores de documentales, afirmando que los creadores habían arriesgado sus vidas «haciendo películas por las que te podrían matar». También lanzó una pulla al reciente documental sobre Melania Trump, Melania, diciendo que también pueden mostrarte «paseando por la Casa Blanca probándose zapatos».
El premio al mejor largometraje documental fue para Mr. Nobody Against Putin, rodado clandestinamente por un profesor ruso que decidió utilizar las grabaciones obligatorias de sus clases para denunciar la propaganda estatal tras la invasión de Ucrania. «Se ve en el metraje que se puede perder un país a través de centenares de pequeños actos de complicidad. Todos nos enfrentamos a una elección moral, pero incluso un don nadie es más poderoso de lo que pueden pensar ustedes», afirmó el director David Borenstein. Su codirector y protagonista, Pavel Talankin, pidió el fin de todas las guerras «en nombre del futuro de nuestros hijos».
Uno de los momentos históricos de la noche llegó con el Oscar a mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw por Los pecadores. Se trata de la primera mujer que consigue esta estatuilla en la historia de la Academia. «Me gustaría que todas las mujeres de esta sala se pusieran en pie», dijo emocionada desde el escenario: «No estaría aquí sin vosotras».
La gran vencedora de la noche fue Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson, que obtuvo seis estatuillas, entre ellas mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado y mejor montaje. Con ello se demostró que el blockbuster de autor triunfa y, aunque sea una película de acción, tiene un gran mensaje político. Para Anderson, que acumulaba 11 nominaciones sin premio, fue finalmente la consagración.
La otra gran protagonista fue Los pecadores. Michael B. Jordan ganó el Oscar al mejor actor protagonista en su primera nominación. «Intentaré ser mi mejor versión cada día», dijo emocionado al recordar a su familia, que había viajado desde Ghana para acompañarlo. El premio a mejor actriz fue para Jessie Buckley por Hamnet. La intérprete irlandesa dedicó su discurso «al maravilloso caos del corazón de una madre».
Tras casi cuatro horas de ceremonia, la 98ª edición de los Oscar dejó la sensación de una gala correcta pero poco memorable. Hubo algunos discursos con carga política, un par de hitos históricos y la confirmación de Una batalla tras otra como gran vencedora de la temporada.
Pero más allá de esos momentos aislados, la noche avanzó con un ritmo tan pausado que por momentos parecía competir más con el sueño que con el espectáculo. Cuando finalmente se apagaron las luces del Dolby Theatre, la conclusión era sencilla: Hollywood ya tiene nuevos ganadores, aunque la gala difícilmente entrará en la lista de sus mejores guiones.
El Dolby Theatre de Los Ángeles acogió anoche la 98ª edición de los Premios Oscar, una ceremonia que volvió a reunir a buena parte de la
El Dolby Theatre de Los Ángeles acogió anoche la 98ª edición de los Premios Oscar, una ceremonia que volvió a reunir a buena parte de la industria cinematográfica mundial, aunque lo hizo con un ritmo más bien irregular y con escasos momentos verdaderamente memorables.
Hubo algunas bromas que no terminaron de funcionar, homenajes largos y una sucesión de discursos que, salvo contadas excepciones, no lograron levantar demasiado el ánimo del público. Sin embargo, entre esa atmósfera algo plana también aparecieron instantes que recordaron que los Oscar siguen siendo una tribuna desde la que se pueden lanzar mensajes políticos o marcar hitos dentro de la industria. El más comentado de la noche llegó relativamente pronto y tuvo como protagonista a Javier Bardem.
Hasta ese momento, la ceremonia había transcurrido con una prudencia notable en lo político. Por eso llamó la atención la intervención de Javier Bardem cuando subió al escenario junto a Priyanka Chopra Jonas para presentar el Oscar a la mejor película internacional (categoría en la que estaba nominada Sirat). Antes de anunciar a los nominados, el actor español tomó la palabra y dijo en inglés: «No a la guerra. Palestina libre». Fue la única mención explícita al conflicto durante toda la ceremonia.
Bardem ya había llegado a la alfombra roja con una chapa de ‘No a la guerra‘, el mismo símbolo que popularizó hace más de veinte años durante los premios Goya de 2003, cuando buena parte del cine español protestó contra la invasión de Irak.
En declaraciones previas a la gala, el actor había explicado que no veía incompatibilidad entre participar en un evento tan mediático y expresar opiniones políticas: «Se puede pertenecer a este circo, porque es un circo, y al mismo tiempo se puede decir lo que uno piensa».
El premio que Bardem presentó terminó siendo para la película noruega Valor sentimental. Su director, Joachim Trier, aprovechó también el momento para introducir un mensaje político, citando al escritor James Baldwin: «Todos los adultos son responsables de la vida de los niños. Por eso no votemos a políticos que no se toman en serio esa responsabilidad».
La ceremonia comenzó con un elaborado vídeo que parodiaba varias de las películas nominadas. En él, el presentador Conan O’Brien aparecía caracterizado como la tía Gladys de Weapons, huyendo de los inquietantes niños protagonistas de la película mientras atravesaba distintos universos cinematográficos.
La persecución lo llevaba desde el circuito de F1: La película hasta el escenario de Hamnet, pasando por el universo animado y por una breve aparición junto a Timothée Chalamet en Marty Supreme. Finalmente, el propio presentador irrumpía en el Dolby Theatre, todavía perseguido por los niños del filme. Era una apertura deliberadamente extravagante que anticipaba el tono de un monólogo de casi 20 minutos en el que O’Brien alternó ironía, humor negro y algunas pullas dirigidas a Hollywood y a sus propias contradicciones.
Entre ellas, una referencia velada a la polémica reciente de Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet –«qué curioso que el jazz quedara fuera de esa discusión tuya»– y otra sobre el futuro de la propia ceremonia. «Puede que yo sea el último anfitrión humano», bromeó: «El año que viene probablemente presentará la gala un robot con traje». El monólogo incluyó también una alusión incómoda a los escándalos sexuales vinculados a Jeffrey Epstein, que arrancó risas nerviosas entre el público: «Este año hemos arrasado en pedofilia».
El segmento concluyó con un número musical –poco comprensible– en el que el propio O’Brien se imaginaba ganador de un Oscar ficticio, coronado en una escena medieval que mezclaba fantasía y autoparodia. Tras los aplausos, la ceremonia dio comienzo oficialmente.
Uno de los mensajes más reiterados durante la noche fue el carácter internacional del cine contemporáneo. O’Brien recordó que en la sala había representantes de 31 países de seis continentes, y que cada una de las películas nominadas era el resultado del trabajo colectivo de miles de profesionales.
Ese espíritu global se reflejaría más adelante en varias de las victorias de la noche, desde el triunfo de la animación surcoreana hasta el premio a la película internacional noruega, Valor sentimental, o los galardones a mejor documental. Pero antes de eso, la ceremonia avanzó con cierta parsimonia. A la hora y media de gala ya se había producido un hecho poco frecuente: un empate en el Oscar al mejor cortometraje de ficción, compartido por The Singers y Two People Exchanging Saliva.
Y uno de los ganadores más esperados ni siquiera estaba presente. Sean Penn obtuvo el premio al mejor actor de reparto por Una batalla tras otra, pero no acudió a recogerlo. En los días previos se había especulado con su posible ausencia como gesto de protesta política, algo que finalmente se confirmó. No era un gesto aislado: en 2022 el actor prestó su estatuilla a Volodímir Zelenski como símbolo de apoyo a Ucrania.
Uno de los momentos más celebrados llegó con el Oscar a mejor actriz de reparto para Amy Madigan por Weapons. La actriz regresaba a los Oscar 40 años después de su primera nominación, que había recibido en 1985 por Dos veces en la vida. Al recoger la estatuilla, Madigan ironizó sobre el largo intervalo: «Esto es una maravilla. Todo el mundo me lleva diciendo ‘hace 40 años que no venías, ¿cuál es la diferencia?’ La diferencia es que esta vez me llevo este hombrecillo de oro».
Madigan ya había protagonizado un momento memorable en la historia de la ceremonia cuando, junto a su marido Ed Harris, se negó a aplaudir el Oscar honorífico concedido al director Elia Kazan en protesta por su papel durante el macartismo. Cuatro décadas después, Hollywood la recibía de nuevo con una ovación.
La Academia decidió este año reducir el número de actuaciones musicales en directo. Solo dos canciones nominadas se interpretaron sobre el escenario. La primera fue I Lied To You, de la banda sonora de Los pecadores, compuesta por Ludwig Göransson y Raphael Saadiq. La actuación transformó el teatro en una escena de la propia película, con músicos caracterizados como sus personajes y una atmósfera que evocaba el blues y la tradición del cine de vampiros. Fue uno de los momentos más vibrantes de la noche.
La segunda actuación llegó con Golden, de Las guerreras K-pop, que convirtió el escenario en una celebración de la música coreana contemporánea. La canción acabaría ganando el Oscar a mejor canción original, convirtiéndose en la primera composición de K-pop en lograrlo. La película también se llevó el premio a mejor largometraje de animación, confirmando la creciente influencia de la cultura coreana en el panorama cultural internacional.
Entre los premios, la ceremonia sirvió también como escaparate para algunos de los grandes proyectos que Hollywood prepara para los próximos años. Anna Wintour y Anne Hathaway presentaron el premio de vestuario en un guiño a la próxima El diablo viste de Prada 2. Más tarde, Robert Downey Jr., Chris Evans y Channing Tatum subieron al escenario como representantes de Vengadores: Doomsday.
El sketch más divertido fue protagonizado por Pedro Pascal y Sigourney Weaver junto a Grogu –el popular Baby Yoda–, que intentaba hacerse amigo de Kate Hudson entre el público mientras Weaver citaba una de sus frases más célebres de Aliens: «Aléjate de él, zorra». «¿Por qué no puede aplaudir?», le gritaba Conan O’Brien al muñeco.
Uno de los instantes más extensos de la noche llegó con el tradicional segmento In Memoriam, que este año se prolongó durante cerca de 15 minutos y se convirtió en uno de los homenajes más largos que se recuerdan en la historia de los Oscar. El actor Billy Crystal abrió el tributo recordando su amistad con el director Rob Reiner, figura clave del cine estadounidense y responsable de títulos como This Is Spinal Tap, La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally o Stand by Me.
A Crystal se le fueron sumando sobre el escenario numerosos intérpretes vinculados a las películas de Reiner –entre ellos Michael McKean, Christopher Guest, Jerry O’Connell, Wil Wheaton, Fred Savage, Cary Elwes, Mandy Patinkin, Carol Kane, Meg Ryan, Kiefer Sutherland, Demi Moore, Kevin Pollak, Kathy Bates, Annette Bening o John Cusack– en un homenaje colectivo también dedicado a la esposa del director, Michele. La fotografía de ambos encabezó la sección In Memoriam.
La muerte de Reiner había sacudido Hollywood apenas unos meses antes, cuando él y su esposa fueron hallados sin vida en su domicilio de Los Ángeles tras un violento suceso que sigue bajo investigación. Su hijo, Nick Reiner, se ha declarado inocente de los hechos.
El segmento recordó también a otras figuras destacadas del cine fallecidas recientemente, entre ellas Catherine O’Hara y Diane Keaton. La parte final del homenaje estuvo marcada por la aparición de Barbra Streisand, que subió al escenario para recordar a su antiguo compañero de reparto Robert Redford, protagonista junto a ella de Tal como éramos y fallecido el pasado septiembre. Fue, en total, un largo paréntesis de nostalgia y emoción en una ceremonia que, durante un cuarto de hora, dejó a un lado las bromas y los premios para mirar hacia su propia historia.
Como suele ocurrir en los Oscar, la categoría documental se convirtió en el espacio donde la realidad irrumpió con más fuerza. El Oscar al mejor cortometraje documental fue para Todas las habitaciones vacías, una película que aborda el impacto humano de los tiroteos en escuelas estadounidenses.
Una madre, cuya hija Jackie murió tras un tiroteo, dijo al subir y recoger el premio que «su habitación se ha quedado congelada en el tiempo»: «Ella es más que un simple titular, es nuestra luz y nuestra vida». «La violencia armada es ahora la principal causa de muerte entre niños y adolescentes. Si la gente pudiera ver sus habitaciones vacías, seríamos un Estados Unidos diferente».
El premio fue entregado por el antiguo presentador de los Óscar, Jimmy Kimmel, quien elogió a los realizadores de documentales, afirmando que los creadores habían arriesgado sus vidas «haciendo películas por las que te podrían matar». También lanzó una pulla al reciente documental sobre Melania Trump, Melania, diciendo que también pueden mostrarte «paseando por la Casa Blanca probándose zapatos».
El premio al mejor largometraje documental fue para Mr. Nobody Against Putin, rodado clandestinamente por un profesor ruso que decidió utilizar las grabaciones obligatorias de sus clases para denunciar la propaganda estatal tras la invasión de Ucrania. «Se ve en el metraje que se puede perder un país a través de centenares de pequeños actos de complicidad. Todos nos enfrentamos a una elección moral, pero incluso un don nadie es más poderoso de lo que pueden pensar ustedes», afirmó el director David Borenstein. Su codirector y protagonista, Pavel Talankin, pidió el fin de todas las guerras «en nombre del futuro de nuestros hijos».
Uno de los momentos históricos de la noche llegó con el Oscar a mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw por Los pecadores. Se trata de la primera mujer que consigue esta estatuilla en la historia de la Academia. «Me gustaría que todas las mujeres de esta sala se pusieran en pie», dijo emocionada desde el escenario: «No estaría aquí sin vosotras».
La gran vencedora de la noche fue Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson, que obtuvo seis estatuillas, entre ellas mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado y mejor montaje. Con ello se demostró que el blockbuster de autor triunfa y, aunque sea una película de acción, tiene un gran mensaje político. Para Anderson, que acumulaba 11 nominaciones sin premio, fue finalmente la consagración.
La otra gran protagonista fue Los pecadores. Michael B. Jordan ganó el Oscar al mejor actor protagonista en su primera nominación. «Intentaré ser mi mejor versión cada día», dijo emocionado al recordar a su familia, que había viajado desde Ghana para acompañarlo. El premio a mejor actriz fue para Jessie Buckley por Hamnet. La intérprete irlandesa dedicó su discurso «al maravilloso caos del corazón de una madre».
Tras casi cuatro horas de ceremonia, la 98ª edición de los Oscar dejó la sensación de una gala correcta pero poco memorable. Hubo algunos discursos con carga política, un par de hitos históricos y la confirmación de Una batalla tras otra como gran vencedora de la temporada.
Pero más allá de esos momentos aislados, la noche avanzó con un ritmo tan pausado que por momentos parecía competir más con el sueño que con el espectáculo. Cuando finalmente se apagaron las luces del Dolby Theatre, la conclusión era sencilla: Hollywood ya tiene nuevos ganadores, aunque la gala difícilmente entrará en la lista de sus mejores guiones.
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