Hemos rodeado la sexualidad de discursos como quien levanta murallas: conductas, normas, pedagogías, consignas. Todo está dicho, clasificado, reivindicado. La época habla sin descanso. Y, sin embargo, en ese ruido se detecta una ausencia: el cuerpo.
No el cuerpo pensado, celebrado, representado de mil maneras, sino el otro: el real, el que pesa, el que transpira, el que falla y tiembla. El que no coincide con las figuras que lo muestran. Ese cuerpo ha sido desplazado por su imagen, por su relato, por su proyección dócil, por sus infinitos simulacros. Tocamos conceptos; evitamos la carne.
Vivimos bajo el régimen del espectro. Preferimos la figura sin espesor, el deseo sin riesgo, la cercanía sin presencia. El cuerpo real introduce límite, gravedad, tiempo. Recuerda que no todo es elección ni diseño: es naturaleza sometida al imperio de las vicisitudes de la materia, de la vida y de la muerte.
Se proclama una liberación interminable (el folletín de nuestros días), pero la libertad sin cuerpo es retórica vacía, es significante sin sentido. Y así, mientras la sexualidad se convierte en discurso sobre sí misma, el cuerpo, que es el único lugar donde algo ocurre, se vuelve una leyenda, como si la materia fuese una superstición antigua que conviene superar.
El cuerpo que se movía sin pedir permiso, que gozaba sin manual, que se equivocaba y pagaba el precio, que se abismaba y, a veces, renacía, ¿dónde está? El cuerpo que se imponía como una evidencia carnal, indiscutible, anterior a toda teoría… ¿Ese cuerpo pertenece ya a la historia?
«En ‘La Celestina’, los cuerpos no son argumento: son destino»
Hoy, el cuerpo es residuo y es recuerdo, como esos pueblos abandonados que salpican la geografía de Europa: casas vacías y el viento atravesándolas sin cruzarse nunca con un ser humano. Sabemos que allí hubo vida; lo atestiguan las ruinas, pero nadie habita ya las casas. Así el cuerpo: citado, invocado, fotografiado, pero raramente vivido en su espesor, y perfectamente ausente, que se nos ofrece su simulacro: la forma sin peso, el gesto sin consecuencia, el deseo sin caída. Hemos cambiado la experiencia por algo que se le parece, pero que se mueve en el ámbito de la ficción. Todo está previsto, explicado, asegurado contra el temblor. Y sin embargo, lo único que hacía de la sexualidad un acontecimiento, la irrupción imprevisible de la carne, se desvanece en el desierto inhabitable de las recreaciones, las copias, los calcos más o menos fosforescentes.
El cuerpo verdadero no era cómodo: se exponía, se arriesgaba, podía fracasar o, en última instancia, morir. Precisamente por eso era real. Ahora preferimos su versión sin herida, sin error, sin destino. Un cuerpo que no cae porque nunca se levanta. Un cuerpo que no muere porque, en el fondo, ya no vive.
Ayer releí La Celestina, que tanto vindicaba Juan Goytisolo por su plasmación de las pulsiones puras que no buscan ni redención ni explicación, y allí, de pronto: apareció el cuerpo. No como alegoría, no como expediente, no como consigna: el cuerpo en tensión, lleno, fiebre y arrastrado por el delirio. La palabra misma respira. Tiene pulso. Tiene saliva. En La Celestina, los cuerpos no son argumento: son destino. ¡Y qué presencia tan irrefutable tiene la voz que arde, el aliento que se precipita, los estremecimientos que no piden legitimación teórica! El deseo allí no es categoría: es divinidad tiránica, fuerza que arrastra y desordena, que exalta y destruye. Nadie lo administra. Nadie lo corrige: se padece y se celebra. Hasta el abismo en el que caen los amantes resulta atractivo ante el prosaísmo teórico del presente, ante la acumulación de significantes huecos en torno al cuerpo, para cubrirlo, para ahogarlo, para hacerlo invisible.
Frente a la intensidad de amor-destino, del amor directo al alma y al cuerpo de Calixto y Melibea, nuestro presente es un páramo baldío. Donde antes había temblor, ahora hay glosario; donde antes había arrebato, ahora hay protocolo; donde antes había riesgo, ahora hay prevención; donde antes había caída, ahora hay cálculo; donde antes había herida, ahora hay discurso reparador.
El fuego se ha convertido en trámite, la pasión en categoría, el estremecimiento en dato. Hemos sustituido la experiencia por su comentario y el vértigo por su interpretación. Y así, en nombre de la lucidez, hemos vaciado el centro mismo del deseo, mientras Calixto y Melibea se olvidan de nosotros y convierten su experiencia en un viaje al fin de la noche del placer y del saber: del desvelamiento. No ha habido prohibición ni catástrofe visible. Ha sido algo más limpio y más eficaz: una sustitución, la carne se ha convertido en signo, se ha volatilizado. Y en esa operación tan vociferante como sigilosa se ha consumado lo impensable: la desaparición del cuerpo.
Hemos rodeado la sexualidad de discursos como quien levanta murallas: conductas, normas, pedagogías, consignas. Todo está dicho, clasificado, reivindicado. La época habla sin descanso. Y, sin
Hemos rodeado la sexualidad de discursos como quien levanta murallas: conductas, normas, pedagogías, consignas. Todo está dicho, clasificado, reivindicado. La época habla sin descanso. Y, sin embargo, en ese ruido se detecta una ausencia: el cuerpo.
No el cuerpo pensado, celebrado, representado de mil maneras, sino el otro: el real, el que pesa, el que transpira, el que falla y tiembla. El que no coincide con las figuras que lo muestran. Ese cuerpo ha sido desplazado por su imagen, por su relato, por su proyección dócil, por sus infinitos simulacros. Tocamos conceptos; evitamos la carne.
Vivimos bajo el régimen del espectro. Preferimos la figura sin espesor, el deseo sin riesgo, la cercanía sin presencia. El cuerpo real introduce límite, gravedad, tiempo. Recuerda que no todo es elección ni diseño: es naturaleza sometida al imperio de las vicisitudes de la materia, de la vida y de la muerte.
Se proclama una liberación interminable (el folletín de nuestros días), pero la libertad sin cuerpo es retórica vacía, es significante sin sentido. Y así, mientras la sexualidad se convierte en discurso sobre sí misma, el cuerpo, que es el único lugar donde algo ocurre, se vuelve una leyenda, como si la materia fuese una superstición antigua que conviene superar.
El cuerpo que se movía sin pedir permiso, que gozaba sin manual, que se equivocaba y pagaba el precio, que se abismaba y, a veces, renacía, ¿dónde está? El cuerpo que se imponía como una evidencia carnal, indiscutible, anterior a toda teoría… ¿Ese cuerpo pertenece ya a la historia?
«En ‘La Celestina’, los cuerpos no son argumento: son destino»
Hoy, el cuerpo es residuo y es recuerdo, como esos pueblos abandonados que salpican la geografía de Europa: casas vacías y el viento atravesándolas sin cruzarse nunca con un ser humano. Sabemos que allí hubo vida; lo atestiguan las ruinas, pero nadie habita ya las casas. Así el cuerpo: citado, invocado, fotografiado, pero raramente vivido en su espesor, y perfectamente ausente, que se nos ofrece su simulacro: la forma sin peso, el gesto sin consecuencia, el deseo sin caída. Hemos cambiado la experiencia por algo que se le parece, pero que se mueve en el ámbito de la ficción. Todo está previsto, explicado, asegurado contra el temblor. Y sin embargo, lo único que hacía de la sexualidad un acontecimiento, la irrupción imprevisible de la carne, se desvanece en el desierto inhabitable de las recreaciones, las copias, los calcos más o menos fosforescentes.
El cuerpo verdadero no era cómodo: se exponía, se arriesgaba, podía fracasar o, en última instancia, morir. Precisamente por eso era real. Ahora preferimos su versión sin herida, sin error, sin destino. Un cuerpo que no cae porque nunca se levanta. Un cuerpo que no muere porque, en el fondo, ya no vive.
Ayer releí La Celestina, que tanto vindicaba Juan Goytisolo por su plasmación de las pulsiones puras que no buscan ni redención ni explicación, y allí, de pronto: apareció el cuerpo. No como alegoría, no como expediente, no como consigna: el cuerpo en tensión, lleno, fiebre y arrastrado por el delirio. La palabra misma respira. Tiene pulso. Tiene saliva. En La Celestina, los cuerpos no son argumento: son destino. ¡Y qué presencia tan irrefutable tiene la voz que arde, el aliento que se precipita, los estremecimientos que no piden legitimación teórica! El deseo allí no es categoría: es divinidad tiránica, fuerza que arrastra y desordena, que exalta y destruye. Nadie lo administra. Nadie lo corrige: se padece y se celebra. Hasta el abismo en el que caen los amantes resulta atractivo ante el prosaísmo teórico del presente, ante la acumulación de significantes huecos en torno al cuerpo, para cubrirlo, para ahogarlo, para hacerlo invisible.
Frente a la intensidad de amor-destino, del amor directo al alma y al cuerpo de Calixto y Melibea, nuestro presente es un páramo baldío. Donde antes había temblor, ahora hay glosario; donde antes había arrebato, ahora hay protocolo; donde antes había riesgo, ahora hay prevención; donde antes había caída, ahora hay cálculo; donde antes había herida, ahora hay discurso reparador.
El fuego se ha convertido en trámite, la pasión en categoría, el estremecimiento en dato. Hemos sustituido la experiencia por su comentario y el vértigo por su interpretación. Y así, en nombre de la lucidez, hemos vaciado el centro mismo del deseo, mientras Calixto y Melibea se olvidan de nosotros y convierten su experiencia en un viaje al fin de la noche del placer y del saber: del desvelamiento. No ha habido prohibición ni catástrofe visible. Ha sido algo más limpio y más eficaz: una sustitución, la carne se ha convertido en signo, se ha volatilizado. Y en esa operación tan vociferante como sigilosa se ha consumado lo impensable: la desaparición del cuerpo.
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